Hay realidades que actúan como espejos demasiado brillantes para ser observados de frente; la infancia víctima de conflictos armados es, sin duda, una de ellas. Reconocer su sufrimiento nos obliga a transitar por un dolor y una fragilidad tan profundos que, a menudo, optamos por girar la cara. Es un mecanismo de defensa: si no miramos, no nos vemos obligados a cambiar de opinión. Si no miramos, podemos seguir fingiendo que no está en nuestras manos detener esta injusticia inabarcable.
12 de febrero: El grito de las Manos Rojas
El 12 de febrero se conmemora el Día Internacional de las Manos Rojas (o Día contra el uso de niños soldados). Esta iniciativa, impulsada a finales de los años noventa como campaña internacional contra el reclutamiento de menores en conflictos armados, utiliza la palma de la mano teñida de rojo para alzar la voz contra el uso de niños en la guerra. La fecha no es casual: celebra la entrada en vigor, en 2002, del Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño relativo a la participación de niños en los conflictos armados, un compromiso global para prohibir su participación en hostilidades y que eleva a 18 años la edad mínima para la participación directa en combates.
Sin embargo, a pesar de los marcos legales, los datos actuales nos devuelven una imagen devastadora.
Una crisis humanitaria sin precedentes
Las cifras han alcanzado niveles críticos. Según el último Informe Anual del Secretario General de la ONU (CAAC), el año 2024 fue uno de los peores registrados en el marco del mecanismo de monitoreo de la ONU.
. La magnitud de la tragedia se resume en puntos clave:
- Violaciones graves en aumento: Se registraron 41.370 violaciones graves (asesinato, reclutamiento, violencia sexual y ataques a escuelas), lo que supone un incremento del 25% respecto al año anterior.
- Víctimas directas: Más de 22.000 niños y niñas sufrieron estas agresiones.
- Una infancia sitiada: Actualmente, 473 millones de niños —uno de cada seis en el mundo— viven en zonas de guerra.
Ante este panorama, es fácil dejarse arrastrar por el cinismo o por la idea de que «nada se puede hacer». Pero es precisamente ahora cuando debemos rebelarnos contra la apatía.
Existen herramientas. La protección jurídica de la infancia en contextos de conflicto armado no es solo una declaración de intenciones; se basa en un complejo entramado de derecho internacional humanitario y de derecho penal que incluye mecanismos de control y sanción. El problema no es la falta de leyes, sino la normalización del horror.
La paz: un derecho a futuro
La paz no debe entenderse simplemente como el silencio de las armas o una tregua temporal; es un derecho humano fundamental y la única atmósfera en la que la infancia puede florecer.
La paz implica reparación: no basta con detener el fuego; la verdadera paz exige la desmovilización y la reintegración de estos menores, devolviéndoles el derecho a tener una identidad más allá del uniforme o del trauma.
La paz exige prevención: invertir en la cultura de paz y en la justicia social es la única forma de romper el ciclo de violencia transgeneracional.
La paz requiere responsabilidad colectiva: existen múltiples herramientas de protección jurídica, desde el Derecho Internacional Humanitario hasta el Derecho Penal Internacional. Sin embargo, estos protocolos solo son efectivos si existe una voluntad política real y una ciudadanía que se niegue a normalizar lo inadmisible.
La paz no es un concepto abstracto ni un ideal lejano, sino un compromiso activo y cotidiano. El símbolo de la mano roja nos recuerda que la protección de la infancia es una línea que ninguna sociedad debería cruzar. La paz comienza allí donde termina el reclutamiento, donde se protege la escuela y se garantiza el derecho a crecer sin miedo. No debería depender de equilibrios geopolíticos ni de cálculos estratégicos.
