Era domingo por la tarde cuando mis redes sociales empezaron a llenarse de mensajes de México. Una amiga en Guadalajara, la capital del estado mexicano de Jalisco, escribió que veía humo desde su ventana. Un conocido en Puerto Vallarta afirmaba haber escuchado explosiones desde su casa. De repente, historias de Instagram con el texto «código rojo». TikToks de turistas atrapados en el aeropuerto, sin saber muy bien qué estaba pasando ni cuándo podrían salir. Mensajes en X con imágenes de vehículos quemados.
Tardé unos minutos en entender qué había ocurrido: el Ejército mexicano había abatido a Nemesio Oseguera Cervantes, «El Mencho», líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, durante un operativo en la sierra de Tapalpa. El hombre más buscado del narcotráfico mexicano, por cuya captura se ofrecían 15 millones de dólares, había caído.
Sobre el terreno, la respuesta del cártel fue inmediata: bloqueos de carreteras con autobuses en llamas, incendios de negocios y enfrentamientos con las fuerzas federales en al menos once estados. Guadalajara, que acogerá partidos del Mundial de 2026 en pocos meses, amaneció el lunes con el transporte público suspendido, las clases canceladas y la recomendación de no salir de casa.
Mientras todo eso ocurría en las calles, en las pantallas ocurría otra cosa.
Alrededor de las 10 de la mañana, varias cuentas de alto alcance comenzaron a difundir imágenes generadas por inteligencia artificial que mostraban ciudades completamente incendiadas, mensajes que afirmaban tomas masivas de infraestructura y escenarios descritos como un colapso generalizado. Quinientas cuentas de bots amplificaron el contenido de apenas tres desinformadores. Minutos después, ese contenido ya era imparable.
Uno de los efectos más concretos se produjo en el aeropuerto de Guadalajara. No hubo ningún ataque confirmado. Pero la combinación de incertidumbre, rumores e imágenes impactantes fue suficiente para desencadenar una estampida. El miedo no necesitó que nada fuera real. Necesitó que pareciera inminente.
Mientras tanto, los medios locales mexicanos hacían su trabajo: informar de qué carreteras estaban cortadas, qué estados estaban afectados, qué decían las autoridades. Periodistas que conocen el territorio, las fuentes y el contexto. Esa información existía. Estaba disponible. Pero competía en desigualdad de condiciones con algo que no tiene redacción, periodistas ni fuentes: la desinformación automatizada. Mientras el periodismo local lucha por financiarse, el dinero fluye hacia las plataformas que amplifican exactamente lo contrario de lo que ese periodismo produce. Es una paradoja que el domingo quedó en evidencia.
Esto no es un accidente ni una consecuencia inevitable de la era digital. Es una lógica de la que el crimen organizado hace tiempo que se beneficia. La violencia tiene dos dimensiones: la física y la psicológica. La primera requiere recursos, coordinación y riesgo. La segunda es mucho más barata. Un vídeo bien distribuido, un rumor que llena el vacío informativo, unas cuantas cuentas que amplifican el caos: con eso basta para que un lugar que no ha vivido ningún incidente directo amanezca con las calles vacías y los comercios cerrados. El miedo, una vez viralizado, hace el trabajo por sí solo. Y tiene una ventaja adicional frente a las balas: no tiene límites geográficos.
El crimen organizado no construyó esa infraestructura, pero la aprovecha. Las plataformas tecnológicas llevan años diseñando sistemas que premian la viralidad por encima de la veracidad y la reacción emocional por encima del contexto. Sus dueños acumulan poder e influencia política mientras el periodismo local, que el domingo mantuvo informada a la población mexicana, no encuentra cómo pagar las nóminas. No es una conspiración. Es un modelo de negocio.
Lo ocurrido el domingo en México no es un caso excepcional. Es un patrón. Siempre la misma secuencia: un hecho real, un vacío informativo, rumores que lo llenan, amplificación algorítmica, sensación de colapso total. Y luego, los efectos concretos de esa sensación: cancelaciones, negocios cerrados, decisiones institucionales tomadas bajo presión, ciudadanos paralizados no por la violencia, sino por la percepción de la violencia.
En el ICIP llevamos tiempo convencidos de que construir paz hoy también significa disputar ese espacio. Que hoy la violencia también se ejerce con imágenes, algoritmos y rumores. Hace apenas unos días inauguramos en el Palau Robert de Barcelona la exposición PolsXtrems, que aborda precisamente algunas de estas cuestiones. La propuesta central es simple: el pensamiento crítico no es una actitud; es un entrenamiento. Y el primer ejercicio es el más difícil: pausar. No compartir de inmediato. Preguntarse de dónde viene esta imagen, qué sabemos realmente y qué estamos asumiendo.
Un domingo con el teléfono lleno de mensajes de gente que conoces, con el humo visible desde sus ventanas, esa pausa cuesta. El cerebro busca certezas rápidas, y las redes las ofrecen de inmediato. Pero cuando no hacemos esa pausa, nos convertimos, sin querer, en parte del engranaje. La violencia física ocurre en un lugar concreto. La desinformación, en todos a la vez. Y cada vez que compartimos sin verificar, lo ampliamos un poco más. México lo demostró el domingo: el caos no estaba solo en las calles. Estaba también en nuestros teléfonos.
Chema Sarri, técnico de comunicación del ICIP
