El mundo –y especialmente Europa– vive con mucha preocupación el desarrollo de la guerra de Ucrania, y desde Occidente se ha celebrado de forma unánime la concesión conjunta del Premio Nobel de la Paz 2022 a dos organizaciones defensoras de derechos, una de Rusia (Memorial) y otra de Ucrania (Center for Civil Liberties), y al abogado y activista bielorruso Ales Bialiatski, ahora encarcelado sin juicio y que denuncia con su organización la conculcación de derechos en su país desde hace años.

Me parece importante resaltar la oportunidad de este galardón, que pone el foco allí donde hay un conflicto visible, en tres países fronterizos con una historia compartida, y en el trabajo y la lucha de la sociedad civil para denunciar abusos contra los derechos humanos, para criticar el poder abusivo y para denunciar y aclarar crímenes de guerra.

Se puede decir más fuerte pero no más claro: la sociedad civil organizada, con su trabajo a menudo discreto y siempre persistente, es un elemento imprescindible para cambiar las cosas, es un auténtico “quinto poder” que puede hacer decantar la opinión pública para que las cosas mejoren. El espacio de crítica al poder se está reduciendo por todas partes, también en los países democráticos, y por eso es más necesario que nunca fomentar la organización social, la disidencia y la confrontación democrática.

Muchos medios de comunicación han hablado de un premio “anti-Putin”. Me parece una simplificación, porque a pesar de que el personaje –y lo que significa en profundidad- merece una repulsa absoluta, el mensaje subliminal del Comité Nobel va más allá del contexto de la guerra de Ucrania, porque pone delante del espejo la actuación de todos los poderes –autocráticos y democráticos- cuando laminan derechos sociales, económicos o culturales, y valora el trabajo de promoción y defensa de muchas causas humanas que requieren el esfuerzo de aquellos que no tienen más poder que el ejercicio responsable de su ciudadanía.

No nos engañemos. Ahora mismo hay más treinta conflictos violentos en el mundo, millones de personas refugiadas y desplazadas en África, Oriente Medio, Asia, Europa y América, destrucción de vidas y de bienes y crecimiento de una retórica armamentista de lo que augura precisamente un futuro menos conflictivo. ¿Por qué, pues, el Comité Nobel se fija en un conflicto concreto? Ucrania nos golpea especialmente –y es comprensible-per tres razones: porque este conflicto nos toca de cerca, en la Europa del bienestar, porque toca nuestros bolsillos, amenazando nuestro estilo de vida, y porque hace tambalear los equilibrios geopolíticos y crea incertidumbre sobre la validez de las normas de derecho internacional que han perdurado durante ochenta años.

Es como un latigazo a nuestras conciencias, este premio. Nos recuerda el valor de la diplomacia preventiva –muy olvidada en los últimos veinte años en el tablero internacional—y el valor de la memoria histórica y la investigación de la verdad si queremos un avance en la humanización del mundo. La organización rusa Memorial se ha dedicado, desde los años noventa del siglo pasado, a recuperar la memoria de millones de personas inocentes perseguidas en la época soviética o a investigar los crímenes de la guerra de Chechenia. Por eso el régimen ruso la ha cerrado recientemente, porque la investigación de la verdad incomoda al poder. El Centro ucraniano por las Libertades Civiles ha investigado persecuciones políticas en Crimea, ha documentado crímenes de guerra en el Donbass desde 2014 (de los dos bandos) y ha hecho campañas para liberar a presos políticos.

Las dos organizaciones defienden el Estado de derecho, valores humanos y el antimilitarismo. Quizás es este último punto el aspecto olvidado en las crónicas del Premio Nobel. Vivimos tiempos malos para la lírica –que decía aquell-i el pacifismo parece en horas bajas en un mundo convulso que quiere encontrar soluciones en aquello que no es más que parte del problema. Las élites económicas, el conglomerado militar-industrial y quien financia han encontrado en la guerra de Ucrania una excusa perfecta para domesticar a la opinión pública a favor de un armamentismo creciente y de la necesidad de incrementar el gasto militar (aunque digan “defensa”, siempre es ataque). El Estado español no es una excepción, y los presupuestos se incrementarán en partidas que se ha demostrado sobradamente que ni son productivas ni socialmente justificables.

Pero los pacifistas somos los realistas, y seguiremos trabajando porque más antes que tarde la opinión pública se decante por otro orden de cosas, por la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza, que nunca ha resuelto ningún conflicto… y eso que llevamos veinte mil años tropezando con la misma piedra. Diremos basta porque seremos un quinto poder imparable. Una muestra ello son la persona y las organizaciones galardonadas.

Xavier Masllorens, presidente del ICIP

Artículo publicado en «La Directa» (2 de noviembre de 2022)

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